Un aporte a la historia regional…

Clemente Onelli, un pueblo con nombre inapropiado /por Carlos Espinosa

 

Hacia 1910 llegó a la región sur del Territorio Nacional de Río Negro el inmigrante Elías Chaina Akiki, (anotado por Migraciones sólo como Elías Chaina) nacido en el pueblo de Harajel, Líbano, en 1892. Venía acompañado por su padre y su hermano, pero pocos años después ellos volvieron a Líbano y Elías se quedó solo, luchando contra la adversidad climática, las distancias y la añoranza.
Su actividad era comercial, la de un típico “mercanchifle turco” (denominación confusa, porque Líbano y Turquía son jurisdicciones distintas), con un boliche móvil montado en una carpa, que iba cambiando de sitio en la medida que avanzaba el tendido del ramal ferroviario que en 1908 había arrancado desde San Antonio Oeste, con el propósito de llegar al lago Nahuel Huapi.
Según el testimonio de sus descendientes fue más o menos para 1914 que Chaina llegó a un pequeño valle, situado a la vera de un breve arroyo, junto a un generoso mallín, en un punto situado unos 50 kilómetros al oeste del pueblo de Huahuel Niyeu, (hoy Ingeniero Jacobacci) que en 1916 se convirtió en punta de riel. Allí levantó un boliche de paredes de adobe, que ya no era móvil, porque decidió quedarse en ese lugar, donde una década después formaría una familia, unido por amor a una paisana, hija de chilenos, llamada Eduarda Hernández.
En 1917 el ferrocarril llegó al paraje, y se instaló la estación a pocos metros del almacén de ramos generales de Elías Chaina Akiki (don Chaina, a secas, para los pobladores de la zona).
El modesto apeadero fue identificado como “Kilómetro 501”, pero no faltaban quienes se referían al incipiente poblado circundante como “lo de Chaina” y también como “Estación Chaina”; aunque por otra parte la zona se conocía como “la de los tres ojos de agua”, en referencia a la existencia de esas vertientes, que seguramente contribuían a la fertilidad de esas tierras.
El pueblo creció, pobladores criollos se fueron acercando al punto en donde encontraban aprovisionamiento y canje de cueros, lanas y plumas; se produjo la llegada de otros inmigrantes (un libanes, un alemán) se instalaron el destacamento policial, un juzgado de Paz y una numerosa cuadrilla de personal ferroviario.
Pasaron los años y el paraje seguía siendo tanto el “Kilómetro 501”, según el cartel junto a las vías, como la “Estación Chaina” según el hábito de los pobladores. Pero el 17 de marzo de 1926, más de una década después de la “fundación” el pueblo fue bautizado oficialmente como Clemente Onelli, a través de un decreto del Poder Ejecutivo, con la firma del presidente de la Nación, Marcelo Torcuato de Alvear.
Es muy probable que causara sorpresa y algún desagrado la designación de la estación y localidad con el nombre del naturalista que había dirigido el Jardín Zoológico de Buenos Aires durante 20 años, además de realizar dos expediciones de investigación en el ámbito patagónico y haberle dado crédito a la extraña leyenda sobre el hallazgo de un plesiosaurio vivo en aguas de una laguna cerca de El Bolsón. Onelli tenía buena fama como científico pero nunca había pasado ni siquiera cerca del pueblito rionegrino.
Había transcurrido poco menos de un año y medio de la muerte de Onelli (en octubre de 1924) cuando Alvear dispuso el homenaje. No se registraron, en la zona del paraje, voces discordantes con la designación.
Pero casi un año después el periódico La Nueva Era, que se publicaba en Carmen de Patagones, insertó en su edición del 27 de enero de 1927 un artículo titulado “Cambio de nombre a las estaciones del Estado”, que contiene reparos a esta cuestión, desde un punto de vista peyorativo y casi ofensivo para el paraje rionegrino que acababa de recibir el nombre del naturalista.
La nota comienza expresando que “El Poder Ejecutivo ha dictado un decreto designando con el nombre de Clemente Onelli a la estación ubicada en el kilómetro 501 de la línea a Nahuel Huapi, paraje que se denominaba Tres Ojos de Agua. Se ha querido rendir homenaje, por cierto muy merecido, al que fue por tantos años director del Jardín Zoológico de la Capital, distinguido naturalista y escritor ameno y espiritual”.
El redactor del suelto opinaba enseguida que “Desde el cielo, donde sin dudas se halla, el señor Onelli sólo podrá deplorar que su estación quede 140 kilómetros antes de llegar a la zona del lago que tanto conocía y admiraba. No queriendo esperar un mayor avance de las obras, el homenaje resulta precipitado”.
“Desde la estación Clemente Onelli no se alcanzan a divisar los manzanos florecidos, los prados cubiertos de frutilla silvestre, los tupidos bosques de cipreses y cohigües, ni los magníficos panoramas que ofrecen los lagos andinos. Hay apenas un mallín estrecho y amarillento, donde el sol abrasa en el verano y se cubre de nieve en el invierno; una serie de interminables pantanos que matizan los caminos de acceso a la estación; una o dos construcciones de chapa con el inevitable boliche; y alguna manada de chivas y cabrones que perfuma el desolado paisaje,” completaba el anónimo periodista su despectiva descripción.
Y decía enseguida que “si en el curso de los años se forma allí un pueblo de boliches, la futura estatua del señor Onelli, en el medio de la plaza, se hallará incómoda. No tendrá a la vista nada de lo que le interesó en su vida, que puede resumirse en un inmenso amor por la naturaleza y en una ilimitada predilección por los animales y las plantas. Y, si pudiera hacerlo, el señor Onelli publicaría alguna carta traviesa y picante para los autores del homenaje”.
En la continuación del mismo artículo se ponía también en tela de juicio el probable cambio de nombre a la estación y pueblo de Comallo, que es la siguiente a Onelli hacia Bariloche. En este caso la argumentación era distinta, pues el cronista se preguntaba “¿Por qué no conservar los nombres indígenas? ¿Cuál es el motivo de estos cambios de nomenclatura, la razón imperiosa que impulsa a sacrificar la tradición local para tributar homenajes que a veces resultan deslucidos?”.
Debe añadirse, sobre este punto, que Comallo (“Pintura colorada” en mapundungun) sigue llamándose así, sin variantes. Y que Onelli, el paraje más frío de la región sur, tampoco ha variado su nombre desde hace más de 90 años, pese a que los descendientes de Elías Chaina Akiki creen que debiera haber sido bautizado con el apellido del libanés fundador.
Se debe subrayar, finalmente, que las observaciones del periodista de La Nueva Era, en 1927, relevaban un profundo y lamentable desconocimiento sobre la riqueza ambiental y la biodiversidad de la eco región de la estepa patagónica, con tantas manifestaciones de fauna, flora y minerales que la han convertido en sujeto de profusa investigación; a lo que debe sumarse el valor de sus yacimientos arqueológicos y paleontológicos, plenos de pinturas rupestres y restos de animales prehistóricos.
Faltaban todavía unos veinte años para que comenzara a mirarse a las planicies, mesetas y cerros de la Patagonia central con curiosidad e interés científico. Onelli habría estado a gusto en “su pueblo”, aunque el nombre fuera inapropiado.

13 abril, 2017